En aquella época vivía yo en Medellín en una habitación rentada, en una enorme casona con tres patios. En la casa de al lado vivía una chica muy delicada e introvertida, ella tenía su habitación en el ático y para llegar a ella tenías que subir unas largas, delgadas y fantasmagóricas escaleras de madera.
Cuando me compre mi primera cámara, era de segunda mano por supuesto, me regalaron un rollo par probarla. Creo recordar que de camino a casa me encontré con Heliana, la convencí de que fuera mi modelo y compre un corazón en la Placita de las Flores. Sí, así es Medellín, trip, trip, trip…
Por fotos como esta es que extraño las cámaras de película, ahora las llaman análogas por contraste a las digitales, te permiten jugar con los fallos y lograr efectos sorprendentes. En las maquinas digitales transgredir los limites suele resultar en ruido.
