Alborada refulgente

/ noviembre 6, 2012/ Fotografía, Literatura/ 0 comentarios

A día de hoy no he encontrado nada que haga tanta justicia a la bella piel humana como la película de blanco y negro. Y creedme que me encantaría lograr algo tan bello con las cámaras digitales, más que todo porque así podría desbocarme a hacer fotos. Esta es una de las primeras fotos que le hice a la talentosa Tatiana, quien, como siempre, logro imprimir a la foto justo la emoción que yo deseaba.

 

Tatiana bn00 P300 X100 niba

Tatiana bn00 P300 X100 niba

 

Pasaban de las once y media, aún faltaban varias horas para la llegada de la lechuza. María me miraba con una expresión pensativa; algo así como “Calla-abrázame-bésame-olvida-estoy-sola”. Yo no quería mirarla, sabía que me delataría con una mueca estilo “Calla-apriétame-muérdeme-recuerda-estoy-solo”. Y entre tanto la cera escurría manchando el paño negro, colándose entre los hilos de su textura de una forma definitiva, ojalá bella. El único calor era el de esa cera, algo ayudado por el José Cuervo, pero ni él sería suficiente a la hora de extinguirse el último pabilo.

Llegaban las tres y media, en unos minutos estaría aquí la lechuza. María tenía escondida la cabeza entre sus piernas. Sus manos estaban agarrotadas, como sofocando el frío de sus extremidades o tal vez la intención iba contra el calor de su vientre. Yo tenía la mirada fija en la última lengua de fuego que quedaba en el candelabro, se extinguía. Aún quedaba José Cuervo, pero sin candelabro no habría luz. Mis manos temblaban pero no por el frío, sino por el deseo de extenderse y meterse entre las piernas de María, levantar su mentón y mirarla a los ojos.

 

 

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